La fiesta de Todos los Santos nos dice que formamos parte de una Iglesia en la que el testimonio de otros hombres y mujeres ha jugado un papel fundamental en nuestra vida; en lo que somos como hombres y como cristianos. Hoy es un día para agradecer a los santos anónimos cuánto han significado para nosotros. Con su vida y con su intercesión en nuestro favor.
El testimonio de los santos tiene la validez de su inmediatez y cercanía: no se trata de seres angelicales, inalcanzables, de otro mundo que no es el nuestro; Su testimonio es el de unos hombres de carne y hueso, pecadores como nosotros, pero que se esforzaron por vivir en fidelidad sus compromisos bautismales, a pesar de sus debilidades.
Muchos santos de ayer y de hoy han «lavado sus ropas en la sangre del cordero». En el momento de la verdad dieron su verdadera talla. Se enfrentaron con el martirio, la persecución y la injusticia. Entregaron la propia vida en nombre y al servicio del Reino de Dios. Otros traspasaron la frontera de la vida desde el anonimato, la oscuridad y el silencio.
Los santos alientan hoy el avance de una Iglesia y una vida cristiana multicolor, una iglesia de comunión, por la diversidad de los caminos que la conducen a la tierra prometida; hay que bajarlos de los retablos e insertarlos en nuestra vida y nuestra historia. Sus retos y los nuestros son idénticos, e idéntica la gracia de Dios con que ellos y nosotros somos enriquecidos.
La diferencia la marcará el modo e intensidad de nuestra respuesta a Cristo y a la Iglesia y de nuestra fidelidad al mundo que nos ha tocado vivir. A su intercesión nos acogemos.¨