27 sept 2020

TRIDUO EN HONOR A NTRA. SRA. DEL ROSARIO


Clic para agrandar

Clic para agrandar


ROSARIO VESPERTINO

Clic para agrandar

 

HORARIOS PARA EL MES DE OCTUBRE

Clic para agrandar

XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

El evangelio de hoy, con la parábola del padre y los dos hijos, es provocativo, pero sigue en la misma tónica de los últimos domingos. Se quiere poner de manifiesto que el Reino de Dios acontece en el ámbito de la misericordia, por eso los pecadores pueden preceder a los beatos formalistas de siempre en lo que se refiere a la salvación. Una parábola nos pone en la pista de esta afirmación tan determinada, la de los dos hijos: uno dice que sí y después no va a trabajar a la viña; el otro dice que no, pero después recapacita sobre las palabras de su padre y va a trabajar.

Lo que cuenta, podríamos decir, son las obras, el compromiso, recordando aquello de que no basta decir ¡Señor, Señor!. El acento, pues, se pone sobre el arrepentimiento e, incluso si la parábola se hubiera contado de otra manera, en la que el primero hubiera dicho que sí y hubiera ido a lo que el padre le pedía, no cambiarían mucho las cosas, ya que lo importante para Jesús es llevar a cabo lo que se nos ha pedido. Sabemos, no obstante, que los dos hijos corresponden a dos categorías de personas: las que siempre están hablando de lo religioso, de Dios, de la fe y en el fondo su corazón no cambian, no se inmutan, no se abren a la gracia. Probablemente,tienen religión, pero no auténtica fe. Por eso, por ley de contrastes, la parábola está contada con toda intencionalidad y va dirigida, muy especialmente, contra los primeros.

El acento está, justamente, en aquéllos que habiéndose negado a la fe primeramente, se dejan llenar al final por la gracia de Dios, aunque esto sirve para desenmascarar a los que son como el hijo que dice que sí y después hace su propia voluntad, no la del padre. Los verdaderos creyentes y religiosos, aunque sean publicanos y prostitutas, son los que tienen la iniciativa en el Reino de la salvación, porque están más abiertos a la gracia. El evangelio ha escogido dos oficios denigrados y denigrantes (recaudadores de impuestos y prostitutas); pero no olvidemos que el marco de los oyentes también es explícito: los sacerdotes y ancianos, que dirigían al pueblo. Pero para Dios no cuentan los oficios, ni lo que los otros piensen; lo que cuenta es que son capaces de volver, de convertirse.

20 sept 2020

XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

La parábola de Mateo nos adentra en el misterio del Reino de Dios, en el pensamiento de Cristo, en el corazón del Padre, desvelándonos el secreto. Es, para todos, una fuerte invitación a cambiar de mentalidad, a pasar de la lógica del mérito, de quien vive de pretensiones y no reconoce ni admite regalos, al mundo de la gratuidad, que es la raíz del amor y el secreto del Reino de Dios. Al inicio de la historia de cada uno hay un don: la llamada a ser y a trabajar en la viña. La vida es el regalo precioso del tiempo para vivir y trabajar en la viña. Al final del día tendrá lugar la recompensa, que no será para nadie el fruto de sus propios méritos o esfuerzos, sino un regalo divino e inmerecido. Aquello que es profundamente nuestro –«lo tuyo»– es la llamada de Dios a participar en su vida y en su obra, la posibilidad de trabajar y fatigarnos, de gastar la vida por él. Infeliz, murmurador y envidioso es quien no reconoce el regalo.

La parábola presenta el desconcierto que el modo de actuar divino puede generar, un desconcierto que indigna y llega a provocar protestas. Nos refleja perfectamente a nosotros cuando, por fuera o por dentro, nos indignamos y protestamos contra modos de hacer de Dios que no se acomodan a nuestros presupuestos y planteamientos; cuando pensamos que Dios trata mejor a otros que, a nuestro juicio, tienen menos mérito que nosotros y, por tanto, no merecen el mismo trato.


Nos olvidamos de lo que Dios ha hecho por nosotros y tenemos celos de lo que hace por los demás, que no es más de lo que nos ha dado a nosotros. Pero siento que yo merezco más, que Dios no es justo.


Quien se siente acreedor, con derechos ante Dios y la vida, porque piensa que ya ha hecho demasiado, considera todo lo gratuito como un robo, como una amenaza a la presunta justicia. Sin embargo, descubrir que somos amados gratuitamente es empezar a responder desde esa hora a la llamada de Dios; descubrir que todo es don –la viña, el vino, el trabajo, la fatiga...– es el modo de estar en la Iglesia buscando el Reino de Dios.

Pablo nos muestra que es posible y hermoso vivir así: responder a la llamada, esforzarse en su viña y esperar de sus manos la recompensa del modo que quiera y el día que quiera. 

15 sept 2020

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

La Parroquia de Santa Bárbara, en Ojuelos Altos, permanecerá abierta en el día de hoy, la mayor parte de la jornada, para aquéllos que se quieran acercar a rendir culto a nuestra Madre, en su advocación de la Virgen de los Dolores.

A las 20:20 horas, habrá Exposición del Santísimo y a las 21:00 horas, Solemne Misa en su honor. 

La Madre piadosa estaba junto a la Cruz y lloraba mientras el Hijo pendía. Cuya alma, triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía.
¡Oh, cuán triste y cuán aflicta se vio la Madre bendita, de tantos tormentos llena! Cuando triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena.
Y ¿cuál hombre no llorara, si a la Madre contemplara de Cristo, en tanto dolor? Y ¿quién no se en­tris­teciera, Madre piadosa, si os viera sujeta a tanto rigor?
Por los pecados del mundo, vio a Jesús en tan profundo tormento la dulce Madre. Vio morir al Hijo amado, que rindió desamparado el espíritu a su Padre.
¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Y que, por mi Cristo amado, mi corazón abrasado más viva en él que conmigo.
Y, porque a amarle me anime, en mi corazón imprime las llagas que tuvo en sí. Y de tu Hijo, Señora, divide conmigo ahora las que padeció por mí.
Porque acompañar deseo en la Cruz, donde le veo, tu corazón compasivo. ¡Virgen de vírgenes santas!, llore ya con ansias tantas, que el llanto dulce me sea.
Porque su pasión y muerte tenga en mi alma, de suerte que siempre sus penas vea. Haz que su Cruz me enamore y que en ella viva y more de mi fe y amor indicio.
Porque me inflame y encienda, y contigo me defienda en el día del juicio. Haz que me ampare la muerte de Cristo, cuando en tan fuerte trance vida y alma estén.
Porque, cuando quede en calma el cuerpo, vaya mi alma a su eterna gloria. Amén

14 sept 2020

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Jesús es quien ha bajado del cielo, quien conoce al Padre, quien está en íntima unión con Él y ha sido enviado por el Padre para revelar el misterio salvífico, el misterio de amor que se realizará con su muerte en la cruz. Jesús crucificado es la manifestación máxima de la gloria de Dios. Por eso, la cruz se convierte en símbolo de victoria, de don, de salvación, de amor.

Todo lo que podamos entender con la palabra «cruz» –a saber: el dolor, la injusticia, la persecución, la muerte– es incomprensible si lo miramos con ojos humanos. Sin embargo, a los ojos de la fe y del amor aparece como medio de configuración con aquél que nos amó primero. Así las cosas, ya no vivimos el sufrimiento como un fin en sí mismo, sino que se convierte en participación en el misterio de Dios, camino que nos conduce a la salvación.

Sólo si creemos en Cristo crucificado; es decir, si nos abrimos a la acogida del misterio de Dios que se encarna y da la vida por toda criatura; sólo si nos situamos frente a la existencia con humildad, libres de dejarnos amar para ser a nuestra vez don para los hermanos, seremos capaces de recibir la salvación: participaremos en la vida divina de amor.

Celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz significa tomar conciencia en nuestra vida del amor de Dios Padre, que no ha dudado en enviarnos a Cristo Jesús: el Hijo que, despojado de su esplendor divino y hecho semejante a nosotros los hombres, dio su vida en la cruz por cada ser humano, creyente o incrédulo. 

La cruz se vuelve el espejo en el que, reflejando nuestra imagen, podemos volver a encontrar el verdadero significado de la vida, las puertas de la esperanza, el lugar de la comunión renovada con Dios.

13 sept 2020

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

«Setenta veces siete»: el perdón no es un tema de contabilidades, sino de actitudes. Una actitud permanente que no lleva cuenta de las veces que se debe perdonar.

La sugerente parábola del evangelio de hoy (Mateo 18, 21-35) resalta dos cosas. La primera es la dificultad que sentimos para perdonar. El sentimiento de perdón no suele ser el primero que nos sale cuando nos ofenden, todo lo contrario, instintivamente lo que predomina es el «ojo por ojo y diente por diente». Nos cuesta perdonar y, según qué cosas, nos cuesta mucho. Nos resistimos a pasar página y a volver a acoger a quien nos ha herido u ofendido.

La segunda cosa que nos pone de manifiesto es que esa dificultad se puede vencer a partir de la experiencia del perdón que nosotros mismos recibimos de Dios. Un perdón muchísimo más generoso e incondicional. Pero ¿tenemos esa conciencia de ser perdonados? Porque esa conciencia pide profundidad de vida y profundidad de mirada sobre la vida; si estamos instalados en el «todo para mí», «todo para mi grupo», «todo vale» o en el «todo da igual» o en el «no pasa nada»…, difícilmente la tendremos.

8 sept 2020

NATIVIDAD DE LA VIRGEN MARÍA

En los jardines del cielo
se crían muy lindas rosas,
mas no tan lindas y hermosas como la flor de este suelo, tan gentil y tan galana como esta buena mañana ha brotado en el jardín del glorioso San Joaquín y de su esposa santa Ana.

Flor que es reina de las flores
de los cielos y la tierra;
flor que toda gracia encierra
es esta flor tan galana,
la que esta buena mañana
ha brotado en el jardín
del glorioso san Joaquín
y su esposa santa Ana.

Flor cuyo seno sagrado tálamo de Dios será, y por fruto nos dará
al mismo Dios humanado.
Pues bendita la mañana
en que una flor tan galana
ha brotado en el jardín
del glorioso san Joaquín
y su esposa santa Ana.

J. M.ª Gorricho, CMF.

6 sept 2020

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

La Palabra de Dios propuesta por la liturgia orienta nuestros pasos y guía nuestra mente y nuestro corazón hasta el mandamiento evangélico de la corrección fraterna: el profeta Ezequiel proclama la responsabilidad personal, el apóstol Pablo recuerda que en el amor mutuo hunde sus raíces y, por último, el evangelista Mateo enseña a practicarla con el estilo de Jesús.

A menudo –así hay que reconocerlo– eludimos la corrección fraterna, pues decirnos unos a otros con caridad, sinceridad, humildad y libertad aquello que nos puede ayudar a mejorar, a corregir, a cambiar, nos hace experimentar una sensación de malestar, una cierta resistencia. Nos cuesta la corrección fraterna porque nos duele que nos digan y nos compromete el decir. Por eso tantas veces, más que en dinámica de corrección fraterna, entramos en dinámicas de críticas por detrás, chismorreos e incluso difamaciones que lo único que consiguen es dividir a la comunidad.

Si la cruz de Jesús es el centro de la experiencia religiosa personal, también será el centro de la fraternidad que se reúne en su nombre: por la cruz pasará nuestra interrelación. Sólo la cruz de Jesús tiene el poder de juzgar y reconciliar, y si vivo en la escucha humilde y sincera de la Palabra de la cruz, si me dejo «radiografiar» en mi verdad y forjar en la verdad de Dios-Amor, entonces, y sólo entonces, podré ser un instrumento de corrección y reconciliación, libre de cualquier tipo de juicio. Este camino de corrección fraterna evita tanto los excesos de la impotencia como de la prepotencia, excesos –uno y otro– que revelan un escaso sentido de la comunicación y de la disponibilidad para corregir y dejarse corregir fraternalmente.

Pablo VI decía: «La corrección fraterna es un acto de caridad mandado por el Señor [...]. Su práctica obliga a quien la realiza a sacar primero la viga de su ojo (cf. Mt 7,5), para que no se pervierta el orden de la corrección. La práctica de la misma se dirige desde el principio como un movimiento a la santidad, que sólo puede obtener en la reconciliación su plenitud; consistente no en una pacificación oportunista que disfrazase la peor de las enemistades, sino en la conversión interior y en el amor unificador en Cristo que se deriva» (cap. VI). En esta línea comprendemos la grandeza de la corrección fraterna: un instrumento indispensable que ayuda a crecer a la comunidad y a cimentarla en el amor de Cristo.